La
mascarilla nunca debe usarse cotidianamente. Su frecuencia de aplicación
depende de muchos factores. Lo mejor es cumplir las indicaciones que lleva detalladas
el prospecto de cada una de ellas, así como seguir el consejo de la
esteticista, que habrá comprobado la particular necesidad que de este
tratamiento complementario cada una de nosotras pueda tener.
Una aplicación semanal suele ser lo más corriente, si bien, repetimos, que en este, como en la mayoría de casos, no es posible generalizar.
Antes de “instalar” la mascarilla sobre nuestro rostro y cuello procederemos a una cuidadosa limpieza y tonificación del mismo. Si el producto es de consistencia cremosa, lo aplicaremos de igual forma que actuaríamos con una crema, pero sin intentar hacerla penetrar, lo que, por otra parte, no llegaríamos a conseguir. Si el producto es muy fluido o gelatinoso, nos serviremos de un pincel especial, que podremos adquirir en una buena perfumería o en el propio instituto de belleza. Debemos dejar al descubierto el orbicular de los ojos (un círculo de aproximadamente un centímetro y medio alrededor de los mismos) y evitar que el producto llegue hasta los labios o que penetre en las fosas nasales.
Transcurridos
de 10 a 20 minutos (esto como norma general, puesto que la permanencia en
contacto con la piel depende de cada producto y de sus instrucciones
particulares), se retirará la mascarilla con dos rectángulos de algodón embebidos
en agua tibia, que se irán enjuagando hasta conseguir que el rostro quede
completamente limpio.
Mientras
se lleva la mascarilla es conveniente estar completamente inmóvil, sin hablar,
y, a poder ser, acostada, con los pies más altos que la cabeza, y en una suave
penumbra.
Para “redondear” el éxito de este tratamiento, muy particularmente cuando lo
que buscamos es el efecto inmediato del mismo, es interesante descongestionar
los ojos y su periferia, a fin de conseguir una mirada más límpida y vivaz.
Para ello, durante los minutos de relax a que antes nos hemos referido, colocaremos sobre los párpados cerrados unos tampones de algodón embebidos en un tónico descongestivo (de los que se emplean para las pieles sensibles) o en una infusión sedante, como puede ser, por ejemplo, la de tila o manzanilla. Y ya que hablamos de esta última infusión, se nos ocurre comentar algo a lo que posiblemete no hemos dado importancia hasta el momento, por desconocer su verdadera utilidad
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